RASTRO INICIAL: MI PRIMERA HISTORIA DE AMOR
RASTRO INICIAL: MI PRIMERA HISTORIA DE AMOR
La primera vez que creí que amaba se trató de un amor no correspondido. Eso fue más o menos para el año 2010. Yo estaba en tercer semestre de mi carrera universitaria y él era mi profesor. Todo empezó el día que él me invitó a su casa a buscar unos libros. Desde ese día empezamos a ser amigos, hablábamos después de clases, algunos días él me invitaba a desayunar o me pedía que le ayudara a revisar algunos textos. Poco a poco empezamos a pasar más tiempo juntos, y yo empecé a obsesionarme, me ponía muy nerviosa cuando me lo encontraba de repente. Él nunca me dijo una palabra de amor, siempre hablábamos de asuntos académicos. Me atraía mucho su inteligencia y su prepotencia. Lo veía como el hombre de mis sueños.
A los pocos meses descubrí que estaba sintiendo cosas por él. No supe cómo, sólo sé que rápidamente terminé enamorada. Eso me asustó muchísimo, sobre todo porque nunca había sentido emociones tan fuertes Me atormentaba la idea de que él no sintiera nada por mí. Los días pasaban y yo seguía cada vez más y más cerca de él, entonces empecé a sentirme deprimida, me pasaba horas y horas llorando durante las noches por no saber qué hacer. En mi interior algo me decía que me alejara de él, que esa podría ser una solución, pero yo no sabía cómo hacerlo. Intentaba alejarme, me ponía a escribir un diario en el que llevaba documentados mis esfuerzos enormes por salir de ahí. En esa época yo tenía un noviecito de la iglesia que me visitaba todos los viernes. Ya empezaron a incomodarme sus visitas y al comparar lo que sentía por mi profesor con lo que sentía por él, caí en la cuenta de que yo no lo quería, y decidí romper esa relación. Fue algo muy duro porque este chico estaba obsesionado conmigo y no quiso dejarme en paz. A eso se le sumó la fuerte presión de mi mamá al decirme que yo por qué dejaba ese muchacho que era tan bueno, que si era que tenía otra persona, que qué me pasaba, que esas cosas que se hacían se pagaban.
Mientras tanto mis noches trascurrían en medio del llanto y del dolor. Trataba de refugiar toda mi energía en mis estudios. Siempre luché por sobresalir académicamente, era una de las mejores estudiantes de mi carrera, pero detrás de todo estaba una niña con una profunda tristeza que ni yo lograba comprender. En medio de mi depresión me volví una chica muy rebelde, empecé a llevármela muy mal con todos en mi casa, sentía que no quería estar ahí, que todos me odiaban. Andaba muy mal vestida, despeinada, no hacía ningún intento por resultar atractiva. Ese era un mecanismo de rebeldía que yo usaba para gritarle al mundo que sus valores y sus criterios estéticos me importaban muy poco, que en realidad nada me importaba. También era una forma de comprender por qué el hombre que yo amaba no se fijaba en mí. Yo misma pensaba jamás un hombre tan guapo e inteligente se va a fijar en una estudiante suya que es fea, huele mal y se la pasa despeinada todo el tiempo. En realidad, no puedo contener mis lágrimas al ver la poca autoestima que yo tenía.
Así pasé el 2010 y el 2011, cada vez que me sentía mal hacía planes para alejarme de él y hacia el esfuerzo durante una o dos semanas, pero bastaba una llamada suya para que yo dejara ese diario tirado y saliera detrás de él. Él no me amaba, me apreciaba mucho y tenía cierto nivel de dependencia emocional pero en términos de amistad, no se había dado cuenta de que yo estaba profundamente enamorada de él. O por lo menos eso me dijo después. En las noches seguía llorando y peleando con todos en mi casa. Mi madre ya estaba preocupada al ver tantos cambios en mi comportamiento. Les decía a mis hermanas que yo no estaba bien, y en eso tenía razón, yo no estaba bien.
Esos dos años yo le daba muestras de lo enamorada que estaba, pero él no se daba por enterado, yo le hacía pataletas, groserías, le dejaba de hablar, lo llamaba a tardes horas de la noche, en fin tenía actitudes que no son comunes en una amiga normal. Él tomaba todo eso como señales de mi inmadurez. Recuerdo que una vez que estuvimos en una salida de campo a Bucaramanga, llegué al punto de perderme para llamar su atención, sólo porque había estado ignorándome. En otro de nuestros paseos, me encerré en un cuarto durante dos días, también para llamar su atención. Inventaba cualquier cosa para estar cerca de él y para pedir su ayuda. A veces hasta me aparecía en casa de él sin siquiera avisarle. Él me ayudaba bastante económicamente y eso me hacía depender cada vez más de él.
Sin embargo, en el año 2012 entré en una crisis existencial brutal. Sentía que ya no podía sostener tanto “amor” en mi corazón y que todas esas emociones reprimidas durante esos dos años me estaban matando literalmente, así que tomé la decisión de confesarle mi amor. Un día de ese año fui a su casa con la firme idea de expresarle mis sentimientos y someterme a que él hiciera con ellos lo que quisiera. Sin embargo, cuando lo tuve en frente, no fui capaz. Él era un hombre prepotente con un carácter que me intimidaba. Literalmente me daba temor enfrentar su reacción. El miedo me dominó y me fui en silencio. Sin embargo, cuando llegué a la casa, tomé el teléfono, le marqué y le dije: tengo algo que decirte: estoy enamorada de ti. Hubo un silencio prolongado de más o menos dos minutos, luego yo colgué. Me sentí tan liberada. No sabía qué vendría para mi pero ya mi verdad había sido expuesta. Él me devolvió la llamada y me dijo sobre esto hay que hablar esta semana, cuídate.
Los días posteriores fueron de ansiedad. Como él me había dicho que teníamos que hablar sobre el tema, yo supuse que me buscaría esa semana para hablar, pero no fue así. Pasó una semana y no nos vimos, él no me llamó ni me dijo más nada. Yo estaba realmente ansiosa al no saber qué pasaba. En medio de mi locura, decidí llamarlo. Ahora no recuerdo bien pero sé que fui hasta su casa a reclamarle por haberme dejado esperando tanto tiempo. Días después me enteré que él estaba en medio de un duelo, un familiar suyo había muerto, y a eso se le sumaba el hecho de que estaba tomándose todo el tiempo del mundo para planear lo que me iba a decir, creo que hasta asesoría psicológica pidió antes de hablar conmigo.
Después de algunas semanas me llamó y me invitó a salir, ese día conversamos sobre el tema. Me dijo que me veía como una hermana, que yo le parecía muy inteligente pero que no sentía ningún tipo de atracción por mí. Me abrió su corazón, pero lo hizo de una forma tan cariñosa que no me dolió. Yo salí de ahí liberada y convencida de que necesitaba alejarme de esa relación. Él no me propuso nada para que lo olvidara, por eso seguimos en contacto.
Después de unos días el desamor volvió a hacer efecto en mí, me volvió la depresión y la desesperanza, mi autoestima se redujo más y más. Cierto día fui a su casa y le pedí que termináramos esa amistad, que yo así no podía seguir. Él no aceptó, con lágrimas en los ojos me pidió que no lo privara de mi amistad. Yo no quería alejarme, pero sabía que, si quería salir de allí, debía hacerlo. Yo accedí a seguir siendo su amiga pero tomé una decisión: una vez me graduara, me iría a otra ciudad.
Mi madre intentaba ayudarme, buscó una psicóloga de la familia y le pidió que me atendiera. Yo fui encantaba porque la verdad quería que alguien me ayudara a comprender todo eso que me estaba pasando. Sin embargo, el remedio resultó peor que la enfermedad. La psicóloga me dijo que tenía que poner de mi parte aun cuando le había contado todo lo que estaba haciendo para salir de ahí. No le interesó el origen de mi dependencia, ni cayó en la cuenta que era una dependencia siquiera, no me preguntó nada sobre mi infancia ni por mis relaciones con mis padres. Solo me dijo que si no ponía de mi parte, no iba a poder salir de esa situación. No quise volver por ahí, decidí seguir poniendo de mi parte y por mi propia cuenta. Por eso estoy convencida de que en caso de necesitar ayuda psicológica, no se puede ir con cualquiera, a veces es preferible volverse uno experto en psicología y tratarse a uno mismo.
A finales del 2012, me gradué, un mes antes él me contó que tenía una novia, me dijo que no me la había presentado porque no sabía cuál sería mi reacción. Ya yo había decidido irme de la ciudad, sin embargo, esa decisión me dejó mucho más convencida de lo que iba a hacer. A principios de noviembre hice mis malestas y salí con lagrimas en los ojos rumbo a la ciudad de Bogotá a sacarme a ese hombre del corazón. Los primeros días él me llamaba y yo no le contestaba, tenía la firme decisión de sacarlo de mi corazón. Sin embargo, lo único que hice fue alejarme, no busqué ayuda ni hice nada para evitar caer en una situación como esa. Sólo me fui, busqué un lugar donde posar sin mucha fatiga el pie. Como no hice nada para curar mi corazón roto y darme la sobredosis de amor propio que necesitaba, se me vino encima una crisis más que les contaré en un nuevo rastro
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